BROTES VERDES EN CULTURA, LA DEMAGOGIA MARIANA

Decían en la antigua Grecia que los auténticos políticos demagogos no tenían más objetivos que el de sacar adelante las propuestas que les interesaban. Curiosamente, la mayoría de éstos eran ricos, y hasta de un talante aristocrático, aunque atacaran a los aristócratas, pero se prestaban a halagar al “demos” como fuera, con tal de llevárselo a su terreno, incluso fustigándolos cuando era necesario para mantener las distancias.

Y ustedes me dirán… ¿Qué demonios nos está diciendo este muchacho hoy?

Pues bien, resulta que nuestro señor presidente del gobierno, ha decidido hacernos un pequeño favor al bajar el impuesto sobre el valor añadido a las tasas culturales de nuestro país.

Desde aquí aprovecho para dar las gracias a su gabinete cultural, comandado por el gran iluminado señor Wert. Gracias por tan grandioso acto de solidaridad. Quizás ahora sí, el pueblo español empiece a ver los famosos brotes verdes, esos que tanto tiempo llevo escuchando, pero que no veo ni por las grietas de los tejados viejos.

Me da a mí, que en mi corta experiencia como votante, el mejor año de las legislaturas curiosamente siempre es el último. Y no me dirán que no… Aunque a mí no me engañan dos veces. ¡Eso lo tengo claro!

Bajar el IVA del 21 al 10 por ciento… ¡Caramba! ¡Menudo favor! ¿Pero aquí quién toma el pelo a quién? Porque empiezo a perder el norte… Es demasiado evidente, Y como la experiencia es un grado, y la memoria un As en la manga. Parece ser que al señor Rajoy se le olvida que el IVA cultural se situaba antes de dicha subida en el 8 %… ¡Como si fuéramos tontos! Se le olvidará a él, porque el pueblo español ya está cansado de que le tomen el pelo. Tiren de estadística en estimación de resultado electoral si le surge la duda.

Señoras y señores, el deja vu demagogo de la Grecia clásica está de vuelta, ganar adeptos cueste lo que cueste, dando al ciudadano medias verdades, ya todo vale… La política de los demagogos sigue viva tras más de dos milenios. Pero esta vez, no sé por qué, la archiconocida onomatopeya del Tic, tac, empieza a sonar como un tambor de guerra por numerosos y distintos frentes políticos.

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