“La última Parada” (Relato inédito)

última parada

LA ÚLTIMA PARADA
Parecía un viaje más, observé con detenimiento todo lo que ocurría a mi alrededor. Aquellos fríos y duros asientos eran los de siempre, los de color rojo y blanco que sobresalían desde la pared del tranvía. El olor, y hasta los pasajeros, parecían dibujados y seleccionados para la ocasión. «Algo raro…» intuí.
A pesar de todo era un trayecto desconocido, a decir verdad, conocidamente desconocido. Las conversaciones entre los viajeros eran repetitivas e imprecisas, como si de un guión se tratase. Aunque no pude reconocer el rostro de ninguno de ellos, conseguí divisar tibiamente a lo lejos alguna cara conocida.
Las paradas iban pasando en confusos intervalos de tiempo, lo cual me inquietó bastante. Traté de tranquilizarme y busqué entre mis utensilios una botella de agua. Al abrir la mochila, me costó reconocer como mío todo lo que guardaba en el interior.
De repente el tren se detuvo, abrió sus puertas y distinguí a lo lejos un hermoso castillo. Me levanté del asiento y me dirigí despacio hacia la puerta de salida. Contemplé aquel bello paisaje, y una extraña emoción recorrió todo mi cuerpo. Denoté tímidamente sobre mis mejillas el cosquilleo de una lágrima. Agaché mi cabeza en medio de todo el desconcierto, y traté de mantenerme firme antes de volver a mi asiento.
—No recordaba un cielo tan azul como el de hoy, ¿verdad? —escuché a mi espalda.
Rápidamente limpié mi rostro con la manga del jersey, y me volví con disimulo tratando de reconocer aquella voz.
— ¡Abuela! ¿Qué haces aquí? —Contesté nada más ver de quién se trataba.
— ¿Qué voy a hacer? ¡Viajar contigo! ¡Siempre lo hacíamos! —Contestó sonriente.
El tiempo se paralizó mientras volvíamos juntos a tomar asiento. Me vino a la memoria la mañana anterior, y aunque me supuso un tremendo esfuerzo reordenarla, conseguí ligeramente rememorar mi visita a su casa. Estaba de nuevo en la calle de mi infancia, saludé a todos los vecinos que aprovechaban la caída de la tarde para refrescarse en sus portales del intenso calor veraniego. No imaginaba a tantas personas pulular por la acera. Para mi sorpresa, saludé a algunos que hacía mucho tiempo no veía, y aunque sus rostros también estaban difuminados, pude reconocerlos rápidamente. En cambio a los que sí recordaba, estaban fotografiados a la perfección, pero en este momento habían cambiado de posición.
Al entrar en la casa el frescor alivió y recompensó la caminata. Había pasado más de veinte años en aquella morada, y las sensaciones me trasladaron a una época ya pasada. Recorrí sus pasillos y observé las fotografías que adornaban la pared, esta vez eran diferentes a como yo creía haberlas visto antes… Apreté con fuerza mis nudillos tratando de recuperar mi concentración, lo cual me mantuvo presente y despierto en ese recuerdo.
Un ladrido de bienvenida me devolvió de nuevo a la tierra, ¿O tal vez a mi pasado? ¡Qué demonios! Justo en ese momento de extraña vigilia me entregué a la sinrazón de aquella incomprensible situación.
Volví a encontrarme en el vagón de aquel tren, sentado al lado de mi abuela. Sentía como si un millón de años nos separasen. Pero por extraño que pareciera estábamos en la misma conexión, en un mismo viaje, sin conocer nuestro destino. No por ello me di por vencido y traté nuevamente de dar sentido a lo que ocurría.
— ¿Cómo has llegado hasta aquí, abuela?
—Chiquillo, serás, serás… ¿Pero qué preguntas tienes, José? Parece que soy una extraña para ti. —Contestó con ternura.
Hacía tiempo que no me paraba a contemplar la belleza de su rostro. Vi la sencillez intacta e insólita de quien tiene el don de la ternura. No sabía exactamente cómo habíamos llegado allí, ni tan siquiera hacia dónde nos dirigíamos, pero eso no importaba, solo sé que mis incertidumbres acababan de derramarse bajo aquella mirada de afecto.
—Te quiero mucho, abuela. —dije emocionado.
—Yo a ti también —Contestó acariciando mi rostro.
“Próxima parada… guarden su posición, la estancia será extremadamente breve…”
— ¿Pero qué…? ¿Qué ha dicho? ¿Cuál es la próxima estación, joder? —Pregunté irritado.
Las puertas se volvieron a abrir, y de nuevo tuve que levantarme de mi asiento para contemplar tanta belleza.
Un enorme monasterio rompía el horizonte. Busqué en mi bolsillo el teléfono móvil para fotografiarlo, cuando de repente alguien me detuvo.
-Es preferible guardar el recuerdo en la memoria, es la mejor fotografía. —Susurró mi abuela por la espalda.
—El caso es que hay algo familiar en las dos paradas, pero todo es tan confuso… —Respondí sin dejar de observar aquella imagen.
— ¿Qué te resulta extraño? —Preguntó.
—Ya ni siquiera lo sé, el tren, las imágenes, los recuerdos disipados…, incluso tú.
— ¿Yo? ¿Qué te ocurre? Soy tu abuela, la misma de siempre. —Dijo bromeando.
Le devolví de manera cómplice la sonrisa y tomé asiento. El tren proseguía su desconocido trayecto, y a medida que avanzábamos, los paisajes eran más diversos y extravagantes.
Me di cuenta que el tiempo pasó a tener una importancia relativa justo al contemplar por tercera vez el amanecer. Las paradas ya no tenían sentido, alternando la lluvia y la tormenta con espectaculares puestas de sol…
Inexplicablemente empecé a tener miedo de que aquel viaje finalizara. Y sin saber cómo ni por qué, quería permanecer para siempre en aquel vagón.
La nostalgia volvió a ganarme la partida y rompí a llorar…
— ¿José, por qué lloras? —preguntó preocupada mi abuela.
—No lo sé, ¿no es extraño? —musité angustiado.
—Supongo que sí, nadie llora sin un motivo…
—No quiero que acabe este viaje. —reclamé aturdido.
—Todas las cosas tienen un principio y un final. Nada es eterno en este mundo.
—Eso me asusta, abuela. Me asusta mucho —imploré agarrado a sus manos.
—Pues no tienes que tener miedo, el viaje está a punto de acabar, pero siempre habrá nuevos caminos, otros trayectos, ¡incluso distintos pasajeros! ¿No es maravilloso? —Contestó acariciándome el pelo.
—Creo que sí… pero… no sé. Sigo sin entender nada… ¿Qué hacemos aquí? ¿Hacia dónde nos dirigimos? ¿Por qué tengo la sensación de que perderé algo importante al bajarme de este maldito aparato? —Aclaré desesperado y confuso.
—Eso no puedo contestártelo, pero sé que lo entenderás, lo sabrás…, en la última parada.
— ¿Pero…?
Tren con destino “última parada” finaliza su trayecto. Recordar a José Risco Andújar, que no olvide sus objetos personales. Gracias.
¡No podía salir de mi asombro! ¡Aquella voz había pronunciado mi nombre! Busqué inmediatamente la mirada cómplice de mi abuela para tratar de encontrar una explicación a esa… “última parada”. Pero eso no hizo más que aumentar mi angustia al comprobar que tan solo yo ocupaba el frío y alargado vagón.
Asustado me acerqué con agudeza hacia la puerta de salida, esta vez, no pude contemplar nada que llamara mi atención, salvo una extraña y molesta luz amarilla que se proyectaba con firmeza ante mis ojos.
Desesperado retrocedí, y tembloroso, miré a ambos lados del vagón para buscar ayuda.
— ¡Abuela! ¡Abuela! ¿Dónde estás? ¡Ayúdame…! ¡No puedo salir! —Exclamé desconsolado entre lágrimas.
Nadie hizo caso a mis gritos de auxilio, el vagón estaba completamente vacío.
Miré a través de las ventanas y pude comprobar cómo aquella misteriosa luminosidad se acercaba a mi posición con rapidez. Para mi sorpresa, y en la lejanía, un cartel reluciente proyectaba mi nombre en su interior: “José Risco Andújar”.
La emisión se colaba y ocupaba todo el tranvía, haciendo prácticamente imposible la visibilidad hacia el exterior.
Desde fuera, en la lejanía, una triste y angustiada voz pronunciaba mi nombre…
“¡José, José, vamos…!”
Como si el peso del mundo cayera sobre mi cabeza, perdí el conocimiento y me hundí en un espiral oscuro que se proyectaba bajo mis pies. El vagón, la luz, las estaciones, todo se diluía densamente en aquel enorme abismo.
Grité con toda mi rabia y temor, pero era demasiado tarde, la masa oscura me tragó por completo…
— ¡No! ¡No…! ¿Qué…? ¿Mamá? —Refuté nada más abrir los ojos.
— ¡Hijo! —Respondió secando disimuladamente sus lágrimas—. ¡Me has asustado!
— ¿Qué ha ocurrido? ¿Dónde estoy? —Pregunté desconcertado.
—Estás en casa, en tu habitación. —Trató de tranquilizarme—. ¡Pero chico, estás empapado en sudor…!
—Menos mal, tremendo espanto… —contesté algo más tranquilo—. ¿Qué te ocurre? ¿Por qué lloras? ¿Tú también has tenido una pesadilla? —pregunté.
—No, hijo, no. La abuela… —contestó volviendo a llorar.
— ¿La abuela? ¿Qué sucede? ¿Qué ocurre?
—Ha muerto, pequeño, ha muerto…
— ¿Pero… qué? ¡No puede ser cierto! ¡No es verdad! ¡Dime que no es verdad mamá…! —Supliqué.
—Estaba enferma, llevaba años luchando contra una terrible enfermedad. Y agotada, hoy ha descansado por fin…
— ¿Por fin? ¡Pero cómo…! ¡No, joder… no! ¡No es posible! pero si…
—Nos ha dejado, José. Se ha ido para siempre… —Interrumpió saturada.
Tapé con rabia mis ojos y enterré mi cabeza bajo la almohada, lloré durante más de dos horas, recordé aquel viaje, su rostro, sus manos, sus palabras, todas y cada una de las paradas… La simpleza de la vida, el galope del tiempo. Añoré su olor, su paciencia, su amor incondicional, y maduré casi treinta años en aquella mañana…
«Una enfermedad» pensé.
En aquel momento odié con todas mis fuerzas a mi familia por ocultarme algo tan terrible, pero acepté su decisión y me juré, de volver a suceder, no cometer ese error con mis hijos.
Me vestí y seleccioné la ropa más vieja, esa desgastada, que ya le flaquean las mangas y corroen las pelusillas. No quería guardar algo con lo que asociar ese terrible recuerdo.
Me detuve nuevamente al levantar la persiana, cuestioné la desdicha de la vida, cómo un sueño había sido capaz de separar cobardemente dos vidas.
— ¡Ni tan siquiera pude despedirme! —musité.
Quizás hubiera sido peor, nadie es capaz de soportar una última mirada, de desafiar a la esperanza… Las cosas suceden porque sí, y la vida es la única fuerza que es capaz de crear y destruir a la vez.
Pero la sensación de impotencia y rabia era total, ¿nadie se había parado a pensar lo importante que había sido la abuela para mí? Incluso llegué a culparla por su propia muerte. Estaba desatado, encolerizado.
Había sufrido una maldita pesadilla, un sueño vivo, que me perseguía como un perro abandonado. Era absurdo, una coincidencia estúpida que no sirvió para nada salvo para desconcertar mi descanso.
Me negaba a aceptar aquel trance nocturno como una mágica despedida, más bien todo lo contrario. Mi abuela era todo para mí, mi primera y segunda madre. Nadie se merece un final así, era una verdadera pena.
Bajé las escaleras y llegué al salón de la casa. Allí aguardaban mis tíos, varios primos, y mis padres. El semblante de mi madre era serio, desconsolado y algo cansado.
Mientras ella firmaba unos papeles, vi a un señor con traje oscuro estrechar las manos de los allí presentes en señal de duelo. Todos estaban paralizados, con la mirada baja y perdida. El silencio que sobrevolaba la habitación se hacía ensordecedor, molesto, inquietante.
Huí hacia la cocina buscando de forma angustiada un nuevo despertar. No quería vivir esa terrible situación, era superior a mí. Pero la escena era tan real como el tic tac del reloj, como el desplante del tiempo ante los días y las noches…
La puerta de la cocina se abrió, un escalofrío me recorrió de pies a cabeza.
—José, ¿cómo estás? —Preguntó mi madre mientras se aproximaba con suavidad.
—Es terrible, mamá. Es terrible. La abuela… —Respondí desplomándome sobre sus brazos.
—Lo sé, hijo mío. Es un momento duro para la familia. Tenemos que estar unidos…
Mientras trataba de secar mis lágrimas, la miré a los ojos, cuestionando todas las dudas que sobresalían desde mi alma.
— ¿Por qué mamá? ¿Por qué nadie me dijo nada? No pude despedirme… ¿Es que ninguno de ustedes se paró a pensar lo que significaba la abuela para mí? ¡Ni siquiera ella me lo dijo…! —Grité rompiendo a llorar nuevamente.
Mi madre no contestó, rebuscó en el bolsillo trasero de su pantalón y desdobló algo nerviosa un sobre de color blanco.
—Es para ti… —Dijo mientras me entregaba una carta.
Reconozco que cogí algo asustado aquella misiva, pero el aroma a nostalgia me transportó al éxtasis de la tranquilidad. No había remitente alguno, aunque sí destinatario: “Mi querido José”.
Sabía de quién se trataba, emocionado y bastante nervioso me dispuse a inspeccionar su interior. Extraje una hoja a cuadros, por su olor me atrevería a decir que arrancada de una vieja libreta. «Aquella abandonada sobre la repisa, donde apuntaba sus recetas. Estoy seguro» —pensé.
Escrita con lápiz, de su puño y letra. Su caligrafía estaba cansada, en numerosos tramos me costó entender lo que me trataba de decir. Aun así, quedé tremendamente emocionado, y no supe contar las veces que en aquella mañana, sobre un viejo banquete, pude leer sus últimas palabras.
“Querido José, a veces la vida lleva a los mayores a realizar y ocultar cosas que ni tan siquiera nosotros entendemos por qué lo hacemos.
Hace unos años, caí enferma. En un primer momento decidimos que tan solo una parte de la familia conociera tal situación. Acudí durante cuatro largos meses a continuas pruebas y terapias. Más tarde comencé a recibir tratamiento, y parece que todo quedaba paralizado y controlado.
Pero en esta última semana todo cambió, y la abuela está bastante agotada.
No ha habido un solo segundo en el que no haya pensado en ti, en aquellos viajes con el abuelo donde disfrutábamos tanto. O las leyendas del castillo que tanto te gustaban. ¿Te acuerdas del “marqués de Carabás”? No paraste hasta que te llevamos a visitar la fortaleza. Era hermosa, ¿verdad? ¡Y qué paredes tan grandes y robustas! Fue nuestro primer viaje.
¿Y aquella iglesia donde tocaste por primera vez el piano? Dejaste al monasterio boquiabierto con tu melodía… fue maravilloso. ¡Hasta algunas monjas quisieron contratarte! Qué risas…
Luego vinieron las visitas a la playa con toda la familia, las escapadas durante las fiestas, las lecturas al calor del fuego durante las noches de lluvia y tormenta… ¡Son tantos recuerdos!
Quería que te quedaras con estos momentos, no podía partir sabiendo que tu recuerdo era la imagen de una vieja moribunda y cansada. Por eso decidí ocultártelo y escribir esta carta.
Guarda todos los instantes que hemos vivido, y haz de tu memoria la mejor fotografía. Llévame contigo siempre, porque estaré custodiando cada paso, cada momento, cada nuevo acontecimiento que llegue a tu vida. Allí estará la abuela.
Vive y sigue adelante, no olvides que el tren continúa, y aunque yo me baje aquí, tu trayecto no finaliza hasta la última parada.”
Quedé perplejo, anonadado, emocionado, no podía salir de mi asombro. Traté de dar significado a mis sueños, a su contenido, su conexión. Aquel castillo, el monasterio, las playas. ¡Claro! Todo estaba estrechamente vinculado. Mi abuela lo había preparado todo para mí. ¡Era increíble! ¡Cuánto me amaba! ¿Cómo lo había conseguido? ¡Es magia, pura magia!
Aunque triste por su partida, sonreí de manera cómplice. Mamá, aguardaba a la espera mirando fijamente hacia mi posición.
— ¿Qué te ha escrito la abuela? Me hizo jurar que no la leería hasta que lo hicieras tú.
Observé con cariño la imagen de mi madre, mientras cogía aire para continuar.
—Nada… mamá, se ha despedido —contesté—. Se ha despedido a su manera, como nunca nadie lo hará. Como solo ella es capaz. Recordando que todo tiene que continuar, y así vamos a hacerlo. Jamás nos detendremos… hasta la última parada.

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“La última parada” (Sinopsis)

Hoy quería compartir con todos ustedes la sinopsis de uno de los relatos que escribí el pasado mes de abril. “La última parada” es una historia muy personal, profunda y diferente. Aquí os dejo un pequeño avance. Pero lo mejor está por llegar. El próximo jueves subiré la totalidad del mismo, para que podáis disfrutarlo online. ¡Espero que os guste! ¡Saludos!

La última parada (Sinopsis)

Un viaje más, o quizá menos. Un vagón extraño y a la par conocido.  Diferentes paradas que irán aconteciendo a nuestro protagonista, José, en un recorrido que no podrá olvidar jamás. Fases de la vida irán asociadas a cada estación, donde nutrirá a la experiencia de un aroma nostálgico y halagador. Poco a poco, el trayecto irá finalizando y junto a él, un importante trozo de su vida… última parada