“Si me quieres escribir” (Nuevo relato)

Sinopsis

En el año 1938 y durante la guerra civil española, tuvo lugar una de las más largas, crueles, y sangrientas batallas de toda la ofensiva. La batalla del Ebro. Su control y dominio fueron claves en el desarrollo posterior de la guerra. Una humilde y pequeña familia aguarda temerosa desde hace días en el interior de su vivienda, a escasos metros del río. En ella, dos hermanos de corta edad, narrarán mes a mes, y de su puño y letra, su particular e inquietante visión de lo ocurrido.

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Relato

Junio de 1938, Mequinenza (Zaragoza)

“…Si me quieres escribir ya sabes mi paradero. Si me quieres escribir ya sabes mi paradero. Tercera Brigada Mixta, primera línea de fuego. Tercera Brigada Mixta,
primera línea de fuego…”

No puedo soportarlo más. Hace días, o eso creo, que mis pensamientos se derritieron junto a sus inconfundibles cantares. Conozco y sé diferenciar la voz y el tono de cada hombre. «Pienso que ambos vivimos el principio de un extraño temor». Es como si ocupara un rincón en su maltrecha y singular excavación, escondido bajo los sacos que custodian su inquieto descanso al borde del río. Les escucho conversar continuamente desde mi ventana, y alguna que otra noche les oigo hablar acerca de sus familias. «Es curioso, pero parece que todos coinciden, y prefieren vivir lejos de la comarca».

Algunos llevan demasiado tiempo ocupando su posición. «No comprendo por qué existe tanto interés en mantener el orden, aquí no hay más que agua». Otros, en cambio, hace días que dejé de verlos. Tal vez hayan vuelto a casa. Sé que ese era el deseo de la inmensa mayoría.

Julio de 1938, Mequinenza (Zaragoza)

Las he visto… Esconden sus armas. Desde el primer día que acamparon pude ver sus fusiles, sucios y deteriorados, pero nunca me atreví a hablar sobre ello. Incluso mirarlos me causa escalofríos.

Papá dice que el frente sublevado ha sido derrotado por el bando republicano. Aunque el general Franco y sus aliados marroquíes no tardarán en rearmarse y llegar hasta el Ebro. No sé muy bien a qué ni a quién se refiere, pero mi oído se relaciona desde hace algún tiempo con esos nombres.  Por otro lado piensa que los chavales aguantarán las embestidas con armamento y suministro renovado que llega poco a poco desde Checoslovaquia. «Ni tan siquiera sé dónde está ese lugar»

Hace cuatro días que escuché el primer tiroteo, acompañado de gritos de dolor y llanto. Fue horrible. Desde entonces, ha sido continuo… Sigo sin comprender por qué los hombres se hacen daño unos a otros. No entiendo por qué tanto rencor y sufrimiento por este insignificante trozo de río.

La mayoría de las noches permanecemos unidos, abrazados, atemorizados. Nos apelotonamos unos sobre otros y rezo con insistencia. «Pocas veces me ha servido de algo, pero lo hago. Lo entono con todas mis fuerzas, de memoria, como siempre. Y lo seguiré haciendo mientras me queden fuerzas y plegarias».

Agosto de 1938, Mequinenza (Zaragoza)

He aprendido dos palabras nuevas, aunque en verdad no sé cómo debo escribirlas correctamente. “Fascista” y “Rojo”. Con la segunda, la del color, quizás pueda intentarlo…

Lo cierto y verdad es que se ha repetido insistentemente entre los militantes que continúan por la zona.

Llevamos días sin salir de casa, ya casi se acabó nuestra comida. Me cuesta mantenerme en silencio y escondido. Este juego ya empieza a resultarme macabro, y no me gusta. ¡Lo detesto, yo no he hecho nada malo! ¿Por qué tengo que estar encerrado en casa?

Hoy han llamado al portón varias veces. Andrés, mi hermano, y yo, nos acercamos con alegría hasta la puerta. Pero papá nos prohibió tajantemente abrirla sin su permiso. Es extraño, él siempre ha ayudado y atendido a todo el mundo. Sobre todo a Fermín. El párroco de la escuela que constantemente nos regala aceite y legumbres.

Septiembre de 1938, Mequinenza (Zaragoza)

Estoy consternado, he visto a un soldado morir. Ningún hombre debe nunca quitar la vida a otro. « ¿Será dolorosa la muerte?».  Observo a niños portar armamento y tengo mucho miedo. Yo no quiero llevar una pistola nunca.

Los escucho llorar. Son demasiado jóvenes, como yo, como tantos que han llegado recientemente a la ciudad. Aunque la información se consigue a cuenta gotas, se rumorea la llegada de otra oleada de muchachos pertenecientes al frente popular que defenderán las orillas del Ebro. La  Quinta del biberón. «Por más que los miro no veo el biberón por ningún lugar. Siempre van cargados con grandes mochilas y cantimploras oscuras. Sucios y desaliñados. Casi ni se les ve caminar entre tanto equipaje».

Octubre de 1938, Mequinenza (Zaragoza)

Es el peor mes desde que toda esta tortura comenzó. Papá evita hablarnos de lo que ocurre, siempre lo hace. Pero sé que estamos en guerra. Hace años que así sucede, ahora estoy seguro. Tiene miedo, todos lo tenemos.  Pero evitamos hablar sobre  el conflicto y estar unidos.

El verano llegó a su fin, y poco a poco las madrugadas se hacen más frías. Hace dos días que no comemos. Nuestros alimentos se han agotado. Si la situación continúa sé que papá tendrá que romper su pacto y salir a buscar provisiones.

Andrés, es el más pequeño, pero es el que mejor sabe leer y escribir de la familia. Por las noches leemos juntos algún libro viejo a la luz de una vela. «A veces creo que se inventa las palabras que desconozco… Pero de ser así, lo disimula francamente bien». Ayer fue diferente, el periódico informaba que Tarragona había caído en manos del ejército franquista. Y el dominio del Ebro era cuestión de horas, quizá días. «Tal como pronosticaba papá…». No nos podemos dejar guiar por su indagación, ya que el diario data de finales de septiembre.

No me interesa quién debe ganar la maldita guerra. Estoy seguro que a ningún vecino de Mequinenza le importa. No conozco a los “buenos” ni detesto a los “malos”. Solo tengo miedo y hambre, mucha hambre. Quiero que esta pesadilla llegue a su fin. Anhelo salir a jugar con mi hermano y mis amigos. A los que no veo desde hace meses…

Esta mañana oí al padre Fermín relatar a lo lejos. Conozco su voz del colegio. Parecía algo asustado. Sé que papá también le escuchó, pero como de costumbre ambos permanecimos inmóviles, en silencio, como si el exterior fuera ajeno a nosotros.

Andrés ha regresado con lágrimas en los ojos, visiblemente conmovido. Le vi a lo lejos asomado a la ventana. Parece que lo vio todo. Nosotros solo oímos voces, y más tarde algunos tiros. «Intuyo que algo espantoso ha sucedido…»

Hace horas que el silencio acuna nuestra alcoba. Aunque siguen los disparos en el exterior. Odio el olor a pólvora…

Tras insistirle, mi hermano me lo ha confesado todo. «Él necesitaba contarlo, y yo ansiaba escucharle».

El sacerdote estaba de espaldas, con sus manos cruzadas sobre la cabeza. Le han apaleado, destrozado el cuerpo a golpes. Como si fuera un miserable saco de paja… Mientras todo eso ocurría, varios jóvenes le rodearon y comenzaron a insultarle y escupirle con rabia. Desamparado, pidió clemencia… Pero de nada sirvió. Finalmente, como si nada, le propiciaron varios disparos a quemarropa.

« ¡Es terrible, era un hombre de bien! Por favor… ¿Es que nadie va a parar este abismo?».

Principios de noviembre de 1938, Mequinenza (Zaragoza)

Hace varios días que papá cogió su vieja chaqueta de cuadros, una talega color verde que bordó mamá antes de morir, donde guardamos los pocos ahorros familiares, y salió en busca de provisiones.

Creo que Andrés está enfermo, yo también estoy bastante débil. « ¿Cómo estará papá?». La preocupación es superior al hambre y la sed. Pero confiamos que volverá pronto, es un hombre de recursos.

He desobedecido las ordenes de papá, me he asomado a la ventana y abierto la puerta un par de veces. Han sido algunos minutos, los suficientes para coger algo de agua, un poco de pan que me dieron los vecinos, y recoger el periódico, que esta vez, parece algo más actualizado.

Presiento que la guerra llega a su fin. Las tropas sublevadas están a punto de vencer al bando republicano en la ya bautizada como “Batalla del Ebro”. «Aunque aún sigo viendo muchachos salvaguardando sus trincheras. No sé muy bien a qué bando pertenecen. Tampoco me importa. Solo quiero que esto acabe».

16 de noviembre de 1938, Mequinenza (Zaragoza)

Parece que papá se olvidó de nosotros. «O eso espero, prefiero mejor que así sea». Pero por suerte los vecinos nos traen agua y comida casi a diario.

Andrés se ha recuperado por completo, es todo un campeón. Y con el diario, cada día, ambos practicamos la lectura, aunque me cuesta entender el significado de la mayoría de las palabras.

Al igual que los soldados, ambos nos turnamos para mirar por la ventana. La noche de ayer fue aterradora. Gritos, llantos, disparos, explosiones. Es la peor que recuerdo hasta la fecha. Nunca acababa… Un repertorio que ya conocíamos desde hace meses, pero que ha ido aumentando su dosis.

“¡Putos rojos, fuego!” «Si el padre viviera ninguno se atrevería a gritar esas falacias. Debe ser muy malo portar ese color. ¿Por qué?».

Hace horas que no se oye ni un disparo. La prensa anuncia que todo acabó, pero a lo lejos sigo observando soldados. Finalmente y tras convencer a mi hermano decidimos aventurarnos a salir el exterior.

La experiencia ha sido mala. Había hombres que se reían de nosotros. «Ahora doy las gracias que solo fuera eso». De nuevo hacían hincapié sobre el rojo… ¡Pero qué demonios ocurre con ese color!

Asustados corrimos entre las carcajadas hacia el río. A pesar del miedo, tuve tiempo para volver la vista y observar la ternura de mi hermano Andrés. Recordé aquellos tiempos donde éramos una familia feliz. Incluso me pareció ver a su espalda la silueta de mamá acompañar su carrera. Pero esta vez fue diferente…

Corriente abajo el río cambiaba su matiz. Caballos, vacas, perros, cuerpos sin vida de niños y hombres, fusiles, ropas… Todo flotaba sobre la tonalidad rojiza del agua. Más que un río, parecía un sendero helado de sangre… «Ahora entiendo por qué el rojo es un color tan detestado. Esto es peor que el infierno».

Permanecí inmóvil, clavado a escasos centímetros de aquella barbarie. De repente algo llamó mi atención. Nervioso, solo tuve tiempo para tapar los ojos de mi hermano, que acampaba petrificado a mi lado.

Como el más cruel de los tesoros, su silueta relucía sobre aquel cementerio acuático. «No es posible». Una chaqueta de cuadros cubría el pecho de un cuerpo sin vida que emergía bocabajo. En el brazo izquierdo, anudado, sobresalía la bolsa color verde descolorida. No quise continuar con aquella injusticia. Sabía que era mi padre…

Tragué saliva y aguanté como pude las lágrimas. Agarré a mi hermano y con rabia caminé lentamente hacia nuestra casa.

Mientras tanto, volvieron a insultarnos, a escupirnos, incluso alguno me propinó una patada en el trasero. Ya nada me importaba, salvo la vida de mi hermano.

Comprobé, esta vez, que los soldados eran de mayor edad. Unos cavaban zanjas enormes donde sin pudor alguno arrojaban los cuerpos. « ¿Tratarán así a papá?». Otros bebían, parecían contentos. Pero la mayor parte patrullaba y revisaba con insistencia la zona.

Al cerrar la puerta con llave, miré a mi hermano a los ojos. Lo abracé durante varios minutos, comprendiendo que ahora sí, era yo quien tendría que sacar adelante la familia.  A pesar de mis trece años, esta batalla me ha convertido en un adulto. Un hombre con cuerpo de niño, y marcado para siempre por este percance.

Nunca nos importó la guerra, ni llegaré a comprender por qué el rojo, de no ser por el agua del río, es un color tan odiado. Pero de todas, he aprendido una importante lección.

Siempre nos educaron para saber que en la vida hay dos clases de hombres. Los buenos, y los malos. Y esos, los malos, son los que asesinaron al padre Fermín, y a papá. Independientemente del bando al que representaban. Eso me da igual… Porque de ningún modo, ni bajo concepto alguno, un niño, debe vivir una guerra…

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